El otro día alguien me hizo la pregunta. Vas con prisas? Siempre has ido tan rápido para conseguir las cosas? Estás acelerada por algo?
Respondí rápidamente: “No, no… sé que hay cosas que requieren su tiempo y lo llevo bien. No pasa nada”. Pero me quedé enganchada con esta respuesta. De veras? No estoy segura.
La verdad es que yo, como quizás muchos de los que me leéis, me considero una persona enfocada en objetivos, en hacer que las cosas pasen. Me describo como una persona “de acción”. Siempre me han felicitado por proponerme cosas y cumplirlas. Pongo mucho empeño, energía e intención en lo que decido hacer.

Pero a veces, llegan los contratiempos.
Hace poco he estado de vacaciones en un lugar paradisíaco. En mi maleta llevaba cinco bikinis y muchas ganas de playa. Llevaba meses imaginándome lo que haría allí. Un día haré surf, otro snorkeling por la mañana, tarde playa, leeré en la hamaca… me marqué mis objetivos. Al llegar: lluvia, frío, tormenta… y todos mis planes por el aire. Me agobié. Busqué escapatoria. Incluso consideré coger un vuelo y cambiar de destino. Y finalmente, después de darle muchas vueltas, decidí quedarme y aprender de ello.

Decidí aprender a no hacer nada. A disfrutar de “lo que hay”. A ver las cosas positivas de lo que sí que tenía. Me costó mucho. Era ir en contra de mi necesidad de “hacer” y conseguir.
Y si la vida fuera de esto? De dejarse llevar? De no tener siempre un objetivo?
Cómo sería?

Debe estar conectado para enviar un comentario.